Arte México Ciudad de México a 13 de Octubre 2019.

Carta póstuma al maestro Adolfo Melxiac.
Ciudad de México, A 13 de Octubre de 2019.
Susana Ovilla Bueno. Docente.

Cuando conocí al maestro Adolfo Melxiac, fue por algunas de sus obras y por los relatos de algunos de sus estudiantes, eran tiempos de mi adolescencia cuando vi por primera vez a imagen del rostro de un hombre amordazado con cadenas, la impresión de algo tan vívido en su expresión, aquellos ojos de impotencia, de rabia y de miedo, entremezclados sobre el rostro fuerte, vigoroso de un joven que clamaba por los derechos de igualdad, justicia y fraternidad bajo el yugo de hierro de aquella mordaza de eslabones marcó de manera representativa mi inclinación hacia las luchas sociales.

Años después me enteraría de la historia que rodeaba a tan representativa imagen.

Corría el año de 1985, aquella fecha posterior a uno de los eventos más trágicos de la Ciudad de México, aquel terrible sismo que nos sacudió con fuerza, fue en ese mismo año que conocí a uno de tus estudiantes, de aquellos jóvenes a quienes les facilitabas tu compromiso social.

Era tanta la energía y el afecto con que se expresaba que pude intuir la excelsitud de tus ideas libertarias, discípulo tuyo por breve tiempo, si. La lucha de sus ideales y la amenaza a su vida lo apartó de ti, pero sólo de manera física, tu espíritu lo acompañó siempre.

Dirigente de prensa en propaganda en el movimiento estudiantil del 68, tuvo fortuna en reproducir varias de sus imágenes, entre ellas ésta de la que estábamos hablando, gráficas que reforzaron ideas y luchas, y no puedo imaginarlo de otra manera, nos habló de tu taller, de tu solidaridad hacia aquellos jóvenes que menos tenían, de tu amor por México haciendo recorridos de la mano de otros grandes hombres para nuestro país, así supe como dibujaste al joven sobre un pedazo de plástico, cómo aquella mirada representaba la mirada que querías en tu trabajo, supe también que el sol de mi tierra abrazo tu frente y que las aguas de sus ríos refrescaron tus pies y espíritu, supe por palabras de tu estudiante que reías con transparencia hacia la vida y de tu gusto por el café ardiente.

A veces, querido maestro, la vida nos mueve y nos remonta de formas diversas por los caminos de todos, tú llegaste a mi vida por varias veces y por la calidez de con que hablaron de ti las personas, celebro esos encuentros que han nutrido la experiencia y el corazón en nuestra escuela, tu ejemplo circulará tanto o cuanto como tus imágenes e ideas, mira que inventar la prensa móvil con grapas de madera y raseros de papel para imprimir el grito “¡Libertad de expresión!” contenida con tanta maestría en un solo rostro, hace que mi piel se enchine de orgullo y tradición, hablarán de ti por largo tiempo, de ello no me cabe duda, pero te sentiremos entrañable porque tú eras así, un hombre recto, justo y entrañable, que nos trajo de vuelta a los pasillos de la Academia de San Carlos el ideal y la voz de jóvenes libertarios, el que acuñó palabras y textos como si fuesen de oro y nos brindó la magia de ser uno a través de todos el que fincó raíces en muestra memoria y alas para nuestros sueños.

Hombre generoso que te marchas hacia el rumor de las estrellas, aquí se queda tu huella y tu historia, a nuestro lado y en nuestro tiempo, sintiendo y siendo uno contigo, cómo tú lo has sido para algunos de nosotros.

 

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